Ha comenzado la temporada de caza mayor en el coto privado de la política. Mientras los Marksman engrasan los cerrojos de sus rifles, las pobres presas ignoran la suerte que les depara el futuro. Los bobalicones corzos de Podemos corretean entre sus escaños y juegan al tira y afloja con el PSOE y Ciudadanos para conseguir un pacto del todo imposible. Tan imposible, que las huestes fundacionales de Ciudadanos, comandados por el lugarteniente de Rivera —el señor Girauta—, ya se han lanzado sin mesura contra la presa más codiciada del coto: Pablo Iglesias y su rebaño.
Las informaciones provenientes del PanamaLeaks han causado heridas en numerosas personas e instituciones, no sólo en Podemos. Pero es evidente que es mucho más cómodo publicar a cinco columnas sobre el rebaño de la izquierda que sobre la implicación del Banco Santander o del Banco Sabadell en todo este turbio asunto. Quizá será porque los periódicos de papel se venden envueltos literalmente en publicidad bancaria los fines de semana y quizá será porque todas las tertulias políticas de todas las radios están patrocinadas por la banca. Quizá, sólo quizá.
Cuando se abre la veda todos disparan a una y pocos aciertan, pero es igual, porque el estruendo de todos esos rifles ya ha causado la suficiente conmoción como para dejar a la presa desorientada y perdida. Los cazadores amartillan el arma, tiran del percutor y vuelven a la carga. Nuevas publicaciones, horas y horas de radio, tertulias a todo trapo. La presa está arrinconada, no sabe cómo defenderse.
Los días pasan y el plazo se acaba. Las elecciones llegarán y para entonces los cazadores ya esperan tener la cabeza del corzo colgada de la pared de su salón. Esperan tener su piel sobre los hombros. La cacería se convierte en una alianza de rifles, escopetas y balas de punta hueca. Todos quieren sacar tajada. Los mecenas que financian la cacería sostienen una copa de coñac en una mano; en la otra los prismáticos. Se miran confiados y se reconocen como iguales. La banca, las multinacionales, los oligarcas de los medios de comunicación. Todos comparten objetivo.
La presa sigue corriendo y lanza un alarido mudo de socorro. Nadie le escucha por el ruido de los disparos. Clama por su vida hasta que vislumbra su final. Morirá como mueren los débiles frente a los poderosos. Morirá porque el estruendo de los rifles ahoga sus lamentos.
Morirá porque está sólo.
miércoles, 6 de abril de 2016
viernes, 4 de marzo de 2016
La Auctoritas y la Potestas
Un 80% de los españoles opina que el tiempo de Mariano Rajoy ha terminado y que debe, por tanto, dar paso a otro dirigente. Casi un 40% de los votantes del PP opinan lo mismo según la encuesta que Metroscopia ha publicado hoy.
El poder o la potestas debe de tener una parte muy golosa cuando el señor Mariano Rajoy, sabiendo que 8 de cada 10 españoles quiere darle puerta, insiste en quedarse donde está. Por eso los romanos distinguían muy claramente en su Derecho los términos de auctoritas y de potestas. La auctoritas pertenece a aquellos que ostentan una capacidad moral reconocida y legitimada socialmente para emitir opiniones cualificadas sobre cualquier decisión. Y la potestas, en cambio, es la capacidad legal para hacer cumplir esa decisión; es decir, es el poder que te otorga el cargo institucional. Lo ideal para un líder sería gozar de ambas cualidades, pero es harto complicado que los aristoi, reconocidos por su auctoritas, lleguen al poder, como expliqué en el artículo Aristocracia y Oligarquía.
La auctoritas no se puede comprar ni heredar, ni siquiera se puede aprender en ningún curso de coaching para snobs; la auctoritas la otorga el colectivo en un plano casi inconsciente. Existe algo en nuestras mentes que nos hace reconocer la auctoritas en un hombre o en una mujer. Incluso discrepando de sus opiniones, el colectivo respeta y admite la condición de persona venerable y digna de ser escuchada con atención. Era el caso de Clara Campoamor, que en base a su auctoritas, llegó a ser una de las pocas abogadas de su época, influyendo decisivamente en la obtención del sufragio femenino. También lo era Martin Luther King y su lucha por los derechos civiles o la Madre Teresa de Calcuta en su entrega a los necesitados.
Nelson Mandela, en los 27 años que estuvo en la cárcel, siempre conservó la auctoritas, porque no se puede arrancar a la fuerza ni destituir al individuo de su condición, es algo que el individuo obtiene a lo largo de su vida en base a sus hechos y a su trayectoria vital. Cuando fue elegido Presidente de Sudáfrica, Mandela obtuvo la potestas, que aunque es caduca y volátil, también es mucho más efectiva a corto plazo que la auctoritas. El caso de Mandela es excepción entre los dirigentes contemporáneos.
A los tiranos les preocupa la obtención de la potestas para sí, pero también la destrucción de la auctoritas por considerarla una amenaza a sus intereses. Es por ello que en las dictaduras se persigue a los intelectuales y a los librepensadores, además de a los disidentes y a los artistas. También las democracias europeas practican esta persecución, que aunque no sea sangrienta, no deja de ser perjudicial para el que la sufre. En muchas democracias, la persona con auctoritas es silenciada o vilipendiada en los medios de comunicación, para acallar o tergiversar su mensaje e intentar debilitar su influencia.
Mariano Rajoy nunca ha sido poseedor de la auctoritas, y su apego a la potestas no es más que el reflejo de la decadencia de su liderazgo. ¿Dónde está la auctoritas?
Quién sabe.
El poder o la potestas debe de tener una parte muy golosa cuando el señor Mariano Rajoy, sabiendo que 8 de cada 10 españoles quiere darle puerta, insiste en quedarse donde está. Por eso los romanos distinguían muy claramente en su Derecho los términos de auctoritas y de potestas. La auctoritas pertenece a aquellos que ostentan una capacidad moral reconocida y legitimada socialmente para emitir opiniones cualificadas sobre cualquier decisión. Y la potestas, en cambio, es la capacidad legal para hacer cumplir esa decisión; es decir, es el poder que te otorga el cargo institucional. Lo ideal para un líder sería gozar de ambas cualidades, pero es harto complicado que los aristoi, reconocidos por su auctoritas, lleguen al poder, como expliqué en el artículo Aristocracia y Oligarquía.
La auctoritas no se puede comprar ni heredar, ni siquiera se puede aprender en ningún curso de coaching para snobs; la auctoritas la otorga el colectivo en un plano casi inconsciente. Existe algo en nuestras mentes que nos hace reconocer la auctoritas en un hombre o en una mujer. Incluso discrepando de sus opiniones, el colectivo respeta y admite la condición de persona venerable y digna de ser escuchada con atención. Era el caso de Clara Campoamor, que en base a su auctoritas, llegó a ser una de las pocas abogadas de su época, influyendo decisivamente en la obtención del sufragio femenino. También lo era Martin Luther King y su lucha por los derechos civiles o la Madre Teresa de Calcuta en su entrega a los necesitados.
Nelson Mandela, en los 27 años que estuvo en la cárcel, siempre conservó la auctoritas, porque no se puede arrancar a la fuerza ni destituir al individuo de su condición, es algo que el individuo obtiene a lo largo de su vida en base a sus hechos y a su trayectoria vital. Cuando fue elegido Presidente de Sudáfrica, Mandela obtuvo la potestas, que aunque es caduca y volátil, también es mucho más efectiva a corto plazo que la auctoritas. El caso de Mandela es excepción entre los dirigentes contemporáneos.
A los tiranos les preocupa la obtención de la potestas para sí, pero también la destrucción de la auctoritas por considerarla una amenaza a sus intereses. Es por ello que en las dictaduras se persigue a los intelectuales y a los librepensadores, además de a los disidentes y a los artistas. También las democracias europeas practican esta persecución, que aunque no sea sangrienta, no deja de ser perjudicial para el que la sufre. En muchas democracias, la persona con auctoritas es silenciada o vilipendiada en los medios de comunicación, para acallar o tergiversar su mensaje e intentar debilitar su influencia.
Mariano Rajoy nunca ha sido poseedor de la auctoritas, y su apego a la potestas no es más que el reflejo de la decadencia de su liderazgo. ¿Dónde está la auctoritas?
Quién sabe.
jueves, 3 de marzo de 2016
La Transición de Carrillo e Iglesias
Los años de la Transición española transcurrieron por unas aguas turbulentas y plagadas de peligros: el Ejército, el golpismo o la extrema derecha eran temores con los que los políticos —muchos de ellos recién llegados del exilio— tuvieron que lidiar con escrupulosa precaución.
Mientras Suárez se rompía la cabeza pensando en cómo iba a legalizar al PCE sin que se le echara el ejército encima, Santiago Carrillo hacía lo propio en relación a cómo iba a encajar a sus bases en una socialdemocracia a la europea. No era fácil la postura del Secretario General del Partido Comunista.
El PCE —o simplemente el Partido— había sido la única organización que durante 40 años había plantado cara al franquismo en la mismísima arena, pagando un indudable precio en forma de hostigamiento, tortura, cárcel, fusilamientos o garrote vil. Los líderes exiliados al finalizar la guerra, habían vivido toda su vida en Francia, Italia o en la Unión Soviética, y a su regreso, se encontraron con una organización sólida y curtida en las comisarias franquistas y en las carreras delante de los grises. Esa gente tenía claro que su lucha, su sangre, sus años de prisión y su resistencia habían de valer la pena, y pretendían obtener no sólo la libertad, sino un espacio de libertad justo, equitativo y cimentado en las consignas clásicas de su ideología: revolución, democracia de base, república, propiedad colectiva, socialización de medios de producción, banca pública. etc. Por tanto, Carrillo se situaba en una posición nada cómoda, de la que intentó salir mediante la baza del eurocomunismo.
El eurocomunismo era una corriente iniciada en los años 70 por algunos partidos comunistas de Occidente (PCI, PCE, PCF) que decidieron desmarcarse del PCUS y de la revolución proletaria para aceptar algunos de los pilares fundamentales de las democracias europeas, procurando un mayor acercamiento a las clases medias.
La renuncia a la revolución, al partido único y a la dictadura del proletariado —es decir, la renuncia al leninismo— permitió la legalización del PCE y la entrada de los comunistas en el Congreso. En este caso, Santiago Carrillo, tuvo que tomar una decisión basada en la necesidad, aunque años después le costaría la cabeza como líder comunista.
.
Tampoco estuvo exento de renuncias el PSOE, que a pesar de tener asegurada su legalización, decidió abandonar los postulados marxistas que antaño sus bases y dirigentes habían enarbolado. En este caso, se trató más de una estrategia electoral que de una necesidad como tal. En una España como la de la Transición, el grueso de la población no poseía estudios superiores y el marxismo les sonaba a comunismo, del que tampoco sabían nada, excepto que mataban niños y se los comían; la maniobra de Felipe González se tornó existosa en tanto que pocos años después ganaba las elecciones generales por mayoría absoluta.
Por tanto, a finales de los 70 principios de los 80, dos líderes de la izquierda decidieron iniciar una revolución interna contra sus propias ideologías en aras de mejorar su posición de poder en la sociedad, con resultados bien diferentes y sobradamente conocidos. Si entendemos la ideología como el conjunto de ideas y creencias construidos para legitimar los intereses de un grupo o clase social, no parece a priori que aquella fuera una decisión fácil. A toro pasado, los socialistas se jactarán de que aquella decisión fue brillante para la marca PSOE, aunque es discutible que lo fuera para el significado real de sus siglas. El PCE, por su parte, partiendo con la mayor ventaja de todos los grupos de la oposición franquista, dilapidó todo ese poder social para facilitar una Transición sin sangre en las calles. Murió con honor al aceptar las duras condiciones que le impusieron para su legalización.
La analogía con el año 2016 no es sencilla, pero cabe el análisis si nos cuestionamos por qué Podemos pone por delante el referéndum catalán para comenzar a hablar con cualquier formación. Es evidente que la gran mayoría de los cinco millones de españoles que votaron al partido de Pablo Iglesias no lo hicieron para favorecer la secesión catalana, sino para dar solución a la emergencia social que se vive y para depurar las instituciones de los parásitos que hasta ahora las han ocupado. El referéndum catalán es la renuncia que Pablo Iglesias debería estar obligado a hacer para poder iniciar esta segunda Transición.
Decía Churchill: "No dejéis el pasado como pasado, porque pondréis en riesgo vuestro futuro".
Mientras Suárez se rompía la cabeza pensando en cómo iba a legalizar al PCE sin que se le echara el ejército encima, Santiago Carrillo hacía lo propio en relación a cómo iba a encajar a sus bases en una socialdemocracia a la europea. No era fácil la postura del Secretario General del Partido Comunista.
El PCE —o simplemente el Partido— había sido la única organización que durante 40 años había plantado cara al franquismo en la mismísima arena, pagando un indudable precio en forma de hostigamiento, tortura, cárcel, fusilamientos o garrote vil. Los líderes exiliados al finalizar la guerra, habían vivido toda su vida en Francia, Italia o en la Unión Soviética, y a su regreso, se encontraron con una organización sólida y curtida en las comisarias franquistas y en las carreras delante de los grises. Esa gente tenía claro que su lucha, su sangre, sus años de prisión y su resistencia habían de valer la pena, y pretendían obtener no sólo la libertad, sino un espacio de libertad justo, equitativo y cimentado en las consignas clásicas de su ideología: revolución, democracia de base, república, propiedad colectiva, socialización de medios de producción, banca pública. etc. Por tanto, Carrillo se situaba en una posición nada cómoda, de la que intentó salir mediante la baza del eurocomunismo.
El eurocomunismo era una corriente iniciada en los años 70 por algunos partidos comunistas de Occidente (PCI, PCE, PCF) que decidieron desmarcarse del PCUS y de la revolución proletaria para aceptar algunos de los pilares fundamentales de las democracias europeas, procurando un mayor acercamiento a las clases medias.
La renuncia a la revolución, al partido único y a la dictadura del proletariado —es decir, la renuncia al leninismo— permitió la legalización del PCE y la entrada de los comunistas en el Congreso. En este caso, Santiago Carrillo, tuvo que tomar una decisión basada en la necesidad, aunque años después le costaría la cabeza como líder comunista.
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Tampoco estuvo exento de renuncias el PSOE, que a pesar de tener asegurada su legalización, decidió abandonar los postulados marxistas que antaño sus bases y dirigentes habían enarbolado. En este caso, se trató más de una estrategia electoral que de una necesidad como tal. En una España como la de la Transición, el grueso de la población no poseía estudios superiores y el marxismo les sonaba a comunismo, del que tampoco sabían nada, excepto que mataban niños y se los comían; la maniobra de Felipe González se tornó existosa en tanto que pocos años después ganaba las elecciones generales por mayoría absoluta.
Por tanto, a finales de los 70 principios de los 80, dos líderes de la izquierda decidieron iniciar una revolución interna contra sus propias ideologías en aras de mejorar su posición de poder en la sociedad, con resultados bien diferentes y sobradamente conocidos. Si entendemos la ideología como el conjunto de ideas y creencias construidos para legitimar los intereses de un grupo o clase social, no parece a priori que aquella fuera una decisión fácil. A toro pasado, los socialistas se jactarán de que aquella decisión fue brillante para la marca PSOE, aunque es discutible que lo fuera para el significado real de sus siglas. El PCE, por su parte, partiendo con la mayor ventaja de todos los grupos de la oposición franquista, dilapidó todo ese poder social para facilitar una Transición sin sangre en las calles. Murió con honor al aceptar las duras condiciones que le impusieron para su legalización.
La analogía con el año 2016 no es sencilla, pero cabe el análisis si nos cuestionamos por qué Podemos pone por delante el referéndum catalán para comenzar a hablar con cualquier formación. Es evidente que la gran mayoría de los cinco millones de españoles que votaron al partido de Pablo Iglesias no lo hicieron para favorecer la secesión catalana, sino para dar solución a la emergencia social que se vive y para depurar las instituciones de los parásitos que hasta ahora las han ocupado. El referéndum catalán es la renuncia que Pablo Iglesias debería estar obligado a hacer para poder iniciar esta segunda Transición.
Decía Churchill: "No dejéis el pasado como pasado, porque pondréis en riesgo vuestro futuro".
martes, 1 de marzo de 2016
Otegi sale de la cárcel
Hoy ha salido de la cárcel de Logroño el líder de la izquierda abertzale Arnaldo Otegi tras cumplir 6 años y medio de condena por intentar reconstruir la ilegalizada Batasuna. Y lo hace en loor de multitudes e imbuido del romanticismo del preso político que se ha mantenido firme ante la opresión del Estado. Toda esta retórica aburridísima y pedante sólo tiene un culpable: la Ley de Partidos de 2002.
José María Aznar —que ahora vive en la burbuja de su propio superego y en el convencimiento pleno de su superioridad— fue el gran artífice de una de las leyes más sombrías que se han legislado en la democracia española. Una ley que se gestó tras una época de fallidos intentos de negociación del Gobierno con ETA, donde hasta el propio Aznar, justiciero a la postre contra el terrorismo, nombraba a su causa "movimiento vasco de liberación". Años después todos fuimos testigos de cómo el Partido Popular echaba en cara al PSOE de Zapatero el proceso de paz que éste inició, insinuando de la manera más rastrera que se estaba traicionando a los muertos; aquello fue deleznable.
Tras verse Aznar herido en su orgullo por no pasar a la historia como el Presidente que acabó con ETA negociando, decidió pasar a la acción en su segunda legislatura. Ya con mayoría absoluta y una economía que crecía al ritmo del ladrillo, el Gobierno de Aznar aprobó la Ley de Partidos haciendo gala del rodillo parlamentario. Se trató de una ley a la carta para acabar con los representantes de Batasuna en las instituciones. La libertad de expresión pasó a un segundo plano y, con la colaboración inestimable de los jueces puestos por ellos, se inició la limpia de cualquier intento de la izquierda abertzale por continuar en política. Todos a la cárcel, ese fue el lema.
Pertenencia a banda armada, enaltecimiento del terrorismo, injurias a la Corona... daba igual, cualquiera de ellas era válida para meter en prisión a los abertzales. En la mayoría de los casos, unas declaraciones, un vídeo de una manifestación, un acto en recuerdo de los presos o una simple fotografía bastaba para que se lanzaran condenas a diestro y siniestro. Esta política fue efectiva a corto plazo, es cierto —se trataba de poner tierra de por medio y de eliminar las subvenciones del Estado por cada escaño obtenido—, pero a largo plazo, el Estado fue engendrando mitos locales. Mártires. Líderes.
El preso político como figura social es uno de los símbolos más sólidos de legitimación del liderazgo que la sociedad siempre ha reconocido. Otegi no es Nelson Mandela, pero de cara a los nacionalistas vascos sí que es un símbolo de coherencia y de lucha por las mismas ideas que ellos poseen. Su pueblo se reconoce en él y empatiza con sus seis años de sufrimiento por aquello que ellos mismos también defienden. Es la creación de un mito moderno a raíz de una ley estúpida. Por eso en las próximas elecciones vascas Bildu conseguirá la mayoría absoluta y por eso es tan peligroso legislar en base al odio o al rencor personal de unos pocos.
lunes, 22 de febrero de 2016
Mi experiencia como sindicalista
Hasta hace unos meses nunca había pertenecido a un sindicato. La verdad es que los odiaba porque me parecían entes corruptos alimentados por el Estado y sirvientes de sus propios intereses. También odiaba a los liberados que veía pasearse por mi empresa. A veces se acercaban a mi puesto de trabajo con una carpeta en una mano y un capuccino en la otra. Solían calentarme la cabeza con información acerca de nuevas directrices legislativas o sobre publicaciones del BOE y bla bla. Otras veces tan sólo pasaban para preguntar o para coger un par de sobrecillos de azúcar.
El caso es que hace unos meses me propusieron formar parte de uno para ayudar temporalmente en la negociación del próximo convenio de la empresa. Las dos personas que me lo propusieron son dos profesionales magníficos que yo conocía anteriormente por haber coincido en otro servicio. Me sorprendió que estuvieran en el sindicato porque no respondían al perfil que yo tenía estereotipado en mi mente ─cincuentón con barriga y aspecto desaliñado─ , así que decidí aceptar. En principio serían tres meses de liberación con un horario de mañanas con cierta flexibilidad para realizar trabajo sindical. En seguida pensé que se referían a que entraría y saldría cuando me saliera de los huevos.
Todos los sindicatos estaban situados en un mismo pasillo de la empresa, cada uno con su propio despacho. Conocí a los delegados sindicales de UGT, CCOO, C-SIF y USAE. Todos muy simpáticos. Parecían bastante unidos y con objetivos definidos y únicos. La verdad es que te sentías arropado por todos los miembros, daba igual de que sindicato se tratara; éramos el "Comité".
Tuvimos varias reuniones con la empresa para negociar capítulo a capítulo todo el nuevo convenio. Lo cierto es que no logramos grandes avances, tan sólo pequeñas concesiones de ámbito muy concreto. Cansados ya de tanta pamplina, decidimos levantarnos de la mesa de negociación por la paupérrima propuesta de la empresa; parecíamos un ente poderoso y unido. Incluso teníamos línea directa con un periodista que comenzó a publicar con cierta frecuencia las denuncias y las movilizaciones que realizábamos, cosa que sacaba de quicio a los jefazos.
Al mes de estar liberado, me entero de que un delegado se ha reunido con un miembro de Podemos para comenzar a idear una plataforma de todos los comités de empresas similares a la nuestra. Aquello prosperó y en menos de dos semanas me vi envuelto en una reunión con decenas y decenas de delegados sindicales de varias empresas. Yo, que hasta hacía tres meses despreciaba todo lo relacionado con los sindicatos. De allí salieron muchas ideas, pero la idea estrella era la reversión de nuestra empresa para que volviera a ser pública. Aquella reivindicación, que en realidad era más propia de partidos políticos que de sindicatos, nos dividió de tal manera, que el "Duelo a garrotazos" de Goya se quedaba corto a nuestro lado. Una parte de los delegados quería ir a muerte a por la empresa e intentar que el Gobierno la revertiese para devolverla al erario público. Los demás, queríamos seguir luchando por las condiciones de los trabajadores, pero sin entrar en política.
Tras publicarse un par de artículos en prensa muy duros contra la empresa, ésta decidió defenderse con todo su poder. Comenzó a pasar trabajador a trabajador una hoja de firmas para intentar echarnos y provocar nuevas elecciones. Aquello caló entre los trabajadores ─por el evidente temor que provoca tu jefe con una hoja en mano pidiéndote que firmes─ y la hostilidad hacia nosotros creció exponencialmente. Los trabajadores no querían ni oír hablar de la expropiación, y nos despreciaban por haber provocado semejante revuelo. A ellos tampoco les había hecho gracia las publicaciones en prensa.
En ese instante quise abandonar y volver a mi puesto de trabajo. Uno se siente una mierda cuando la gente mete en el mismo saco a todo el mundo independientemente de si tú estabas de acuerdo con la reversión o no. Eres delegado sindical pues "jódete y cállate". "No nos representáis" "Os estáis pasando" "¿Qué coño estáis haciendo" "¿Quién coño sois vosotros" y mi favorita "Sois una panda de desgraciados. Espero que mi trabajo no me lo toquen".
La gente no parecía demasiado entusiasmada con nuestra labor. En mi sindicato lo hablamos muy seriamente y decidimos desmarcarnos oficialmente de la línea dura del Comité e intentar publicitar nuestra postura más moderada y basada en la lucha por las condiciones laborales y la situación de los trabajadores. ¡Atiza! Aquello fue la gota que colmó el vaso para las secciones más radicales. Nos llamaron de todo: "Traidores" "Estáis con la empresa""Sólo actuáis por miedo" "Putos topos" y mi amenaza favorita: "Sólo te digo una cosa: tiempo al tiempo. Todo se verá". Nunca supe qué significaba, pero el chaval de UGT que me la dijo parecía muy cabreado.
Jamás me he llevado más palos de todas las direcciones en mi vida. Hoy día, según al tipo al que preguntes en mi empresa, o soy un anarcosindicalista del PCUS de Brezhev o soy un latifundista esclavista de Alabama.
A la mierda.
El caso es que hace unos meses me propusieron formar parte de uno para ayudar temporalmente en la negociación del próximo convenio de la empresa. Las dos personas que me lo propusieron son dos profesionales magníficos que yo conocía anteriormente por haber coincido en otro servicio. Me sorprendió que estuvieran en el sindicato porque no respondían al perfil que yo tenía estereotipado en mi mente ─cincuentón con barriga y aspecto desaliñado─ , así que decidí aceptar. En principio serían tres meses de liberación con un horario de mañanas con cierta flexibilidad para realizar trabajo sindical. En seguida pensé que se referían a que entraría y saldría cuando me saliera de los huevos.
Todos los sindicatos estaban situados en un mismo pasillo de la empresa, cada uno con su propio despacho. Conocí a los delegados sindicales de UGT, CCOO, C-SIF y USAE. Todos muy simpáticos. Parecían bastante unidos y con objetivos definidos y únicos. La verdad es que te sentías arropado por todos los miembros, daba igual de que sindicato se tratara; éramos el "Comité".
Tuvimos varias reuniones con la empresa para negociar capítulo a capítulo todo el nuevo convenio. Lo cierto es que no logramos grandes avances, tan sólo pequeñas concesiones de ámbito muy concreto. Cansados ya de tanta pamplina, decidimos levantarnos de la mesa de negociación por la paupérrima propuesta de la empresa; parecíamos un ente poderoso y unido. Incluso teníamos línea directa con un periodista que comenzó a publicar con cierta frecuencia las denuncias y las movilizaciones que realizábamos, cosa que sacaba de quicio a los jefazos.
Al mes de estar liberado, me entero de que un delegado se ha reunido con un miembro de Podemos para comenzar a idear una plataforma de todos los comités de empresas similares a la nuestra. Aquello prosperó y en menos de dos semanas me vi envuelto en una reunión con decenas y decenas de delegados sindicales de varias empresas. Yo, que hasta hacía tres meses despreciaba todo lo relacionado con los sindicatos. De allí salieron muchas ideas, pero la idea estrella era la reversión de nuestra empresa para que volviera a ser pública. Aquella reivindicación, que en realidad era más propia de partidos políticos que de sindicatos, nos dividió de tal manera, que el "Duelo a garrotazos" de Goya se quedaba corto a nuestro lado. Una parte de los delegados quería ir a muerte a por la empresa e intentar que el Gobierno la revertiese para devolverla al erario público. Los demás, queríamos seguir luchando por las condiciones de los trabajadores, pero sin entrar en política.
Tras publicarse un par de artículos en prensa muy duros contra la empresa, ésta decidió defenderse con todo su poder. Comenzó a pasar trabajador a trabajador una hoja de firmas para intentar echarnos y provocar nuevas elecciones. Aquello caló entre los trabajadores ─por el evidente temor que provoca tu jefe con una hoja en mano pidiéndote que firmes─ y la hostilidad hacia nosotros creció exponencialmente. Los trabajadores no querían ni oír hablar de la expropiación, y nos despreciaban por haber provocado semejante revuelo. A ellos tampoco les había hecho gracia las publicaciones en prensa.
En ese instante quise abandonar y volver a mi puesto de trabajo. Uno se siente una mierda cuando la gente mete en el mismo saco a todo el mundo independientemente de si tú estabas de acuerdo con la reversión o no. Eres delegado sindical pues "jódete y cállate". "No nos representáis" "Os estáis pasando" "¿Qué coño estáis haciendo" "¿Quién coño sois vosotros" y mi favorita "Sois una panda de desgraciados. Espero que mi trabajo no me lo toquen".
La gente no parecía demasiado entusiasmada con nuestra labor. En mi sindicato lo hablamos muy seriamente y decidimos desmarcarnos oficialmente de la línea dura del Comité e intentar publicitar nuestra postura más moderada y basada en la lucha por las condiciones laborales y la situación de los trabajadores. ¡Atiza! Aquello fue la gota que colmó el vaso para las secciones más radicales. Nos llamaron de todo: "Traidores" "Estáis con la empresa""Sólo actuáis por miedo" "Putos topos" y mi amenaza favorita: "Sólo te digo una cosa: tiempo al tiempo. Todo se verá". Nunca supe qué significaba, pero el chaval de UGT que me la dijo parecía muy cabreado.
Jamás me he llevado más palos de todas las direcciones en mi vida. Hoy día, según al tipo al que preguntes en mi empresa, o soy un anarcosindicalista del PCUS de Brezhev o soy un latifundista esclavista de Alabama.
A la mierda.
viernes, 12 de febrero de 2016
El legado del Partido Popular
La derecha española vive sus horas más bajas desde el 78. En plena negociación para investir Presidente al hasta ahora líder de la Oposición, el Partido Popular se está viendo bombardeado por las investigaciones judiciales y las acciones policíacas de gran calado mediático.
Los años dorados del hipercrecimiento económico basado en la construcción desmedida y en la economía especulativa generaron enormes dosis de codicia personal y manos largas. Todos querían su porción de la tarta y el rodillo del clientelismo engrasó su maquinaria. El capitán de aquel buque fue el PP madrileño y sus tentáculos valencianos. Fue la época del poder cumbre de Esperanza Aguirre y sus secuaces. Los liberales presumían de su gestión y de los números que generaban. Por supuesto, entre bambalinas el sistema funcionaba mediante mordidas que el cliente donaba a la organización para que ésta le cuidara debidamente. Es decir, el cliente era agasajado con concesiones, permisos, recalificaciones y facilidades burocráticas de todo tipo. La mordida era la moneda de cambio indispensable en los años dos mil para entrar en el juego del ladrillo.
Aquel terreno pantanoso cubierto por una delgada capa de legalidad ficticia fue el germen de todas las tramas que hoy conocemos. Esperanza Aguirre, situada en aquel momento en el centro del huracán, parece que no se dio cuenta de nada y dice que "no me consta que hubiera financiación ilegal en el PP de Madrid". Todo aclarado entonces.
Esta es la gente que inició el proceso de privatización de la Sanidad en Madrid y en Valencia. Son los que entregaron las joyas de la corona al sector privado. Los mismos que dieron concesiones a empresas extranjeras como Centene Corporation para el manejo de los Hospitales de Alicante y para el manejo de los suministros que cada centro necesita.
Todas las acciones que emprendieron los que ahora van camino del calabozo debieran ser revertidas por estar manchadas por sucios intereses. Su legado, propio de una ciudad ficticia como Gotham, ha de ser derribado y extinguido si el Estado quiere reparar el daño causado.
Esperemos no necesitar a un Bruce Wayne.
Los años dorados del hipercrecimiento económico basado en la construcción desmedida y en la economía especulativa generaron enormes dosis de codicia personal y manos largas. Todos querían su porción de la tarta y el rodillo del clientelismo engrasó su maquinaria. El capitán de aquel buque fue el PP madrileño y sus tentáculos valencianos. Fue la época del poder cumbre de Esperanza Aguirre y sus secuaces. Los liberales presumían de su gestión y de los números que generaban. Por supuesto, entre bambalinas el sistema funcionaba mediante mordidas que el cliente donaba a la organización para que ésta le cuidara debidamente. Es decir, el cliente era agasajado con concesiones, permisos, recalificaciones y facilidades burocráticas de todo tipo. La mordida era la moneda de cambio indispensable en los años dos mil para entrar en el juego del ladrillo.
Aquel terreno pantanoso cubierto por una delgada capa de legalidad ficticia fue el germen de todas las tramas que hoy conocemos. Esperanza Aguirre, situada en aquel momento en el centro del huracán, parece que no se dio cuenta de nada y dice que "no me consta que hubiera financiación ilegal en el PP de Madrid". Todo aclarado entonces.
Esta es la gente que inició el proceso de privatización de la Sanidad en Madrid y en Valencia. Son los que entregaron las joyas de la corona al sector privado. Los mismos que dieron concesiones a empresas extranjeras como Centene Corporation para el manejo de los Hospitales de Alicante y para el manejo de los suministros que cada centro necesita.
Todas las acciones que emprendieron los que ahora van camino del calabozo debieran ser revertidas por estar manchadas por sucios intereses. Su legado, propio de una ciudad ficticia como Gotham, ha de ser derribado y extinguido si el Estado quiere reparar el daño causado.
Esperemos no necesitar a un Bruce Wayne.
lunes, 8 de febrero de 2016
Los Títeres Sois Vosotros
El nuevo lío que se ha montado en torno al Ayuntamiento de Madrid por el tema de los titiriteros no es más que la bomba de humo disuasoria que los medios de desinformación y la derecha mediática han utilizado para desviar —una vez más— la atención de la masa social. Nadie ha hecho el menor caso al comunicado donde los componentes de Títeres desde Abajo explican el contexto de la obra y el porqué del famoso cartel de Gora Alka-ETA. Es evidente que la obra no era apta para menores y por tanto se trata de un error grave de programación; los dos organizadores ya han sido destituidos. Además, esta modesta compañía ya había sido contratada anteriormente en la etapa de Ana Botella.
Pero el tema parecía demasiado jugoso como dejarlo pasar con un par de despidos. No, era la ocasión perfecta para activar el rodillo mediático. Por un lado, tenemos el propio término titiritero, utilizado durante años por Jiménez Losantos y sus secuaces para referirse despectivamente al colectivo del cine y de los artistas en general.
Por otro lado está el cartel de Gora Alka-ETA. Ninguno de los tertulianos que aparecen cada noche en 13tv cacareando y rasgándose las vestiduras, se ha molestado en conocer el contexto de la representación teatral. Tan sólo han visto la palabra ETA y han gritado al cielo "enaltecimiento del terrorismo", para acto seguido vincular a Carmena y hasta a Pablo Iglesias con la banda terrorista. Todo un puré de tergiversaciones, desinformación, odio y estupidez cocinado y servido a la hora de la cena.
Si además añadimos monjas, banqueros y jueces, los Alfonso Rojo, Carlos Cuesta, Jiménez Losantos, Bieito Rubido y demás patulea se han servido de abundante material para construir una historia alarmista e impactante que sirva a sus intereses; esto es, eliminar cualquier opción de que Podemos llegue a un acuerdo con el PSOE. Es más, el propio Jiménez Losantos cada día abomina del partido de Iglesias considerando que debiera ser objeto de la Ley de Partidos para su prohibición. No tolera su mera existencia ni en el poder ni en la oposición. Y esa postura no es propiedad exclusiva del Presidente de Libertad Digital, sino que es compartida por la gran mayoría de la derecha mediática y política.
La última cuestión es obvia: la derecha necesitaba con extrema urgencia carnaza mediática para que la ciudadanía olvidara con premura la trama de corrupción de Valencia y sus múltiples tentáculos delictivos. Por eso han agarrado con tanta pasión el tema de los títeres colocando la porquería —como haría Leo Bassi— delante del ventilador mediático y dejando que se esparza a los cuatro vientos.
Así es como se hace política en el siglo de las comunicaciones.
Pero el tema parecía demasiado jugoso como dejarlo pasar con un par de despidos. No, era la ocasión perfecta para activar el rodillo mediático. Por un lado, tenemos el propio término titiritero, utilizado durante años por Jiménez Losantos y sus secuaces para referirse despectivamente al colectivo del cine y de los artistas en general.
Por otro lado está el cartel de Gora Alka-ETA. Ninguno de los tertulianos que aparecen cada noche en 13tv cacareando y rasgándose las vestiduras, se ha molestado en conocer el contexto de la representación teatral. Tan sólo han visto la palabra ETA y han gritado al cielo "enaltecimiento del terrorismo", para acto seguido vincular a Carmena y hasta a Pablo Iglesias con la banda terrorista. Todo un puré de tergiversaciones, desinformación, odio y estupidez cocinado y servido a la hora de la cena.
Si además añadimos monjas, banqueros y jueces, los Alfonso Rojo, Carlos Cuesta, Jiménez Losantos, Bieito Rubido y demás patulea se han servido de abundante material para construir una historia alarmista e impactante que sirva a sus intereses; esto es, eliminar cualquier opción de que Podemos llegue a un acuerdo con el PSOE. Es más, el propio Jiménez Losantos cada día abomina del partido de Iglesias considerando que debiera ser objeto de la Ley de Partidos para su prohibición. No tolera su mera existencia ni en el poder ni en la oposición. Y esa postura no es propiedad exclusiva del Presidente de Libertad Digital, sino que es compartida por la gran mayoría de la derecha mediática y política.
La última cuestión es obvia: la derecha necesitaba con extrema urgencia carnaza mediática para que la ciudadanía olvidara con premura la trama de corrupción de Valencia y sus múltiples tentáculos delictivos. Por eso han agarrado con tanta pasión el tema de los títeres colocando la porquería —como haría Leo Bassi— delante del ventilador mediático y dejando que se esparza a los cuatro vientos.
Así es como se hace política en el siglo de las comunicaciones.
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