jueves, 4 de junio de 2020

El fascismo

¿Qué es el fascismo?

Hoy he leído en Twitter una ola de gente llamando fascista a Joaquín Sabina y a Pérez-Reverte. Evidentemente, es el tipo de gente que se mueve según los hilos que manejan sus brazos y piernas. Marionetas sin formación alguna que bailan al son de la izquierda cultural. Armas de la posverdad utilizadas como arietes en la guerra del relato político. Sin embargo, la deformación del término fascista está siendo tan evidente que resulta preocupante, ya no sólo por uso denigrante, sino por la perversión del significado del mismo.

Por ello, voy a intentar dar unas pinceladas en este artículo sobre el origen del movimiento, sus principales características, su impacto en la década de los 20 y su encaje en el panorama político actual.

La palabra fascismo surge del latin fasces, que se refiere a un símbolo de los magistrados romanos formado por 30 varas unidas con la cabeza de un hacha. Los lictores, que eran funcionarios que acompañaban a los magistrados romanos, portaban el fasces al hombro, simbolizando el poder del magistrado para otorgar justicia y aplicar la sentencia dictada.



El 23 de Marzo de 1919, Benito Mussolini fundó los Fasci Italiani di Combattimento, una amalgama de miembros de otros partidos, que se vieron atraídos por el discurso nacionalista, que aglutinaba el descontento por las escasas ventajas obtenidas por Italia tras su participación en la Gran Guerra. Mussolini, ex-miembro del Partido Socialista Italiano, organizó un movimiento antiparlamentarista que un par de años más tarde desembocaría en el llamado Partido Fascista Italiano, partido que se caracterizó por un fuerte movimiento violento de sus bases hacia los militantes de la izquierda y hacia los sindicalistas.

El inicio de la década de los 20 en Italia vino marcado por el descrédito del sistema parlamentario y una sucesión de gobiernos de extrema debilidad. Los fasci, debido a su brutal oposición a los comunistas, obtuvieron el apoyo de los propietarios industriales, los católicos y los conservadores en general. Esta campaña de represión culminó en la famosa Marcha sobre Roma, donde miles de camisas negras —la milicia armada del Partido Fascista— partieron hacia la capital italiana para exigir la caída del sistema parlamentario. El Rey Víctor Manuel III, rechazó firmar el estado de sitio ante la gravedad de la situación y, días más tarde, nombró a Benito Mussolini Primer Ministro.
En su primer discurso ante la Cámara, Benito Mussolini pronunció las siguientes palabras:

He rechazado la posibilidad de vencer totalmente y podía hacerlo. Me autoimpuse límites. Me dije que la mejor sabiduría es la que no se abandona después de la victoria. Con 300 000 jóvenes armados totalmente, decididos a todo y casi místicamente listos a ejecutar cualquier orden que yo les diera, podía haber castigado a todos los que han difamado e intentado enfangar al fascismo. Podía hacer de esta aula sorda y gris un campamento de soldados: podía destruir con hierros el Parlamento y constituir un gobierno exclusivamente de fascistas. Podía: pero no lo he querido, al menos en este primer momento.

Por tanto, el Fascismo nace con dos características fundamentales: un antiparlamentarismo acérrimo y la militarización de la política mediante la violencia institucionalizada que ejercieron las bases. Se le pueden agregar elementos ideológicos relacionados con el nacionalismo y por el culto al Duce, que fueron extendidos mediante la propaganda y el control de la mayoría de facetas de la vida cotidiana. En esos primeros años de la década de los 20, el fascismo italiano se convirtió en un ejemplo de actuación para otros movimientos totalitarios que estaban naciendo en Europa, incluida la dictadura de Primo de Rivera en España.

La simbología también tuvo un papel importante, ya que los fascistas se adueñaron de elementos propios del Imperio Romano, del que reivindicaban ser descendientes. El racismo no era una característica oficial del partido, aunque existen numerosos discursos del Duce de exaltación de la raza aria. En cuanto a la economía, tanto el fascismo italiano como el alemán se caracterizan por el corporativismo y el rechazo por el sistema capitalista. Es decir, se trata de una política antiliberal que practicó una economía planificada, dirigida y controlada por el Estado.

He intentado dar unas pinceladas del origen del fascismo y sus principales características, ya que el término ha terminado siendo un juguete en manos de estúpidos sin las lecturas mínimas para ser tomados en serio. El hecho de intentar comparar a los fascistas que gobernaron media Europa en los años 20 con la derecha y los convervadores de nuestro tiempo, no es más que otra gilipollez propia de borregos sin un ápice de personalidad. La democracia consiste en la convivencia de un arco político amplio y diverso, que incluso permita albergar a los extremos más alejados de la racionalidad. Puede no gustarnos sus políticas, pero la derecha española ni es antidemocrática, ni sus bases están organizadas en grupos violentos, ni reivindican al Imperio de Felipe II o a los Tercios Viejos. Además, defienden una política económica liberal y repudian el intervencionismo del Estado y cualquier ápice de economía dirigida.

Es decir, no cumplen ninguna de las características propias del fascismo. Y, sinceramente, tiene cojones que tenga que venir yo a defender a la derecha española porque, al parecer, carece de la capacidad necesaria para hacerlo por ella misma, ya que todos los días son tachados de fascistas y ni un solo diputado es capaz de desmontar esa afirmación.

viernes, 29 de mayo de 2020

El fin de nuestro estilo de vida

Tengo cierto temor, no voy a negarlo. Este 2020 ha traído consigo uno de esos puntos de inflexión que marcan el devenir de una nación y suponen un claro cambio de rumbo en su Historia. Estos hitos, cada uno en su época, fueron el inicio de enormes cambios económicos y sociopolíticos. Podría tratarse de la caída del Imperio Romano en el 476 d.c, la epidemia de peste negra en 1348, el descubrimiento de América en 1492, la Revolución Francesa en 1789, la Gran Guerra en 1914, el auge del III Reich y su caída (1933-1945), la caída del muro de Berlín en 1989 o el 11-S en 2001. Sólo son algunos ejemplos que, de un modo u otro, afectaron a las vidas cotidianas de millones de personas alrededor del mundo.

Hechos de muy distinto pelaje, con centenares de diversas causas y complejidades pero que comparten ciertos patrones en sus consecuencias. El ser humano alberga en su genoma los ecos de supervivencia que milenios atrás nos permitían enfrentarnos a depredadores, hambrunas, enfermedades o cualquier adversidad que supusiera una amenaza a nuestra existencia. Esos ecos han sido, de manera más o menos involuntaria, el motor que impulsó determinadas corrientes y rupturas con lo establecido. El instinto de supervivencia es algo primitivo y atávico y, como tal, escapa a cualquier intento de control o represión. En todo caso, basta con que se adueñe de un puñado de dirigentes para hacer notar su efecto a nivel global.






El miedo, el desconcierto, la inseguridad y finalmente, el pánico. Un cisma del calibre de la epidemia de coronavirus es capaz de iniciar una cascada de conductas globales que supongan un torpedo en la línea de flotación de nuestro sistema económico. El capitalismo funciona gracias a una compleja red global de sistemas basados, todos ellos, en la confianza. Sólo cuando existe confianza en obtener un beneficio, el capital se desplaza de un sitio a otro, se invierte y, en definitiva, actúa de combustible del sistema. Cada individuo busca la manera de obtener el suficiente capital que le garantice la supervivencia. Para ello, ofrece aquellas habilidades de las que disponga, cuanto más especializadas y exclusivas, mayor será el interés por las mismas y, por tanto, mayor la porción de capital que reciba. En cambio, si las habilidades del individuo son en exceso comunes, es posible que no logre hacerse con un sustento estable.

Pero, ¿qué ocurre si eliminamos de la ecuación a la confianza? Lo lógico es pensar que, aquel que posee el capital, se pensará seriamente si es el momento de moverlo o invertirlo, puesto que no tiene certezas de que vaya a recuperarlo; mucho menos de obtener beneficio. Por tanto, todos los que vivimos de ese ir y venir de capital, comenzaremos a tener dificultades para arañar una parte de él. Habrá menos en circulación, mientras que nosotros seremos los mismos y, por tanto, la competencia se tornará feroz.

Una vez instalados en esa dinámica, el poco capital que el obrero obtenga, será utilizado para las prioridades de sustento, dejando de lado aquellos productos no esenciales. A la vez que las cifras aumenten, la confianza continuará en caída libre hasta que nuestro espléndido sistema económico quede reducido a la llamada "economía de subsistencia", donde los principales productos serán aquellos enfocados a paliar las necesidades primarias del ser humano.

He vivido varias crisis durante mi vida. Todos recordamos la principal, la de 2008. Se derrumbó la confianza que existía en que la construcción de vivienda y sus beneficios asociados nunca cesarían. En pocos meses, la nube de ensoñación en la que vivíamos (un obrero de la construcción con cierta cualificación podía ganar 4000 o 5000 euros mensuales), se evaporó, dejándonos ver la cruda realidad. Si 5 millones de parados nos parecieron en aquel entonces el infierno en la tierra, imaginemos ahora lo que supondrá, para una maltrecha nación como la nuestra, 7 u 8 millones de desempleados. Yo os lo diré: será el fin de nuestro estilo de vida.

A la par que esto ocurra, la polarización política se hará más evidente, puesto que la masa busca seguridad por naturaleza y en situaciones de crisis global, cree hallarla en aquellos discursos incendiarios que señalan a algún culpable. Lo sé porque ya lo he visto. En la Alemania de los años 30, la crisis económica que azotaba a todo el planeta tras el crack del 29, provocó el auge del partido nacional socialista. Alemania se encontraba en un pozo sin aparente salida. Arrastraba las indemnizaciones impuestas por el Tratado de Versalles tras la Primera Guerra Mundial, cifras de empleo insostenibles y la pérdida de sus colonias. Adolf Hitler reconoció la oportunidad que la Historia le brindaba y se lanzó a un discurso de confrontación que repudiaba el Tratado de Versalles, acusaba a los banqueros y a los ricos de la usura y del hundimiento de la nación, además de señalar a los marxistas y a los judíos como los dos grandes enemigos. Un discurso apocalíptico y unas bases militarizadas como las SA fueron el eje sobre el que cimentó su ascenso al poder.

El ejemplo alemán puede parecer alejado de nuestra realidad, pero esos hombres y mujeres que alzaron a un genocida al poder, no eran muy diferentes a nosotros. No somos especiales ni inmunes a las conductas que podamos adoptar si el miedo nos invade. En nuestro país, tanto la izquierda como la derecha ya han puesto en marcha la maquinaria de deshumanización del adversario. Es un mecanismo harto conocido y especialmente dañino. No hablamos de desprestigiar al adversario político intentando tumbar su discurso, en absoluto. De hecho, prácticamente no se entra en el argumentario del rival. Mediante el uso de las redes sociales, se emplean una serie de consignas sencillas y claras, la mayoría de veces basadas en estereotipos. Después, se incide constantemente en ellas siempre que se mencione al rival o se le conteste. La idea es no caer jamás en el intercambio de opiniones, sino que se decide ningunear por completo cualquier interacción o pregunta que se reciba por parte del adversario político.

Pongamos por ejemplo la consigna: "VOX es un partido racista". Es un mensaje basado en la idea que se tiene de VOX, en el estereotipo de la persona de derechas que la parroquia menos formada de la izquierda tiene en mente. Después, ante una pregunta de un parlamentario de VOX, dejando a un lado el contenido de la misma, se le contesta con un "Usted es el líder de un partido racista y homófobo. No podemos tomarnos en serio lo que digan". Y a otra cosa.

Más tarde, la masa se hace cargo de la labor a través de Twitter, subrayando una y otra vez que cualquier miembro de VOX y la mayoría de sus votantes son fascistas, machistas, homófobos, franquistas, cayetanos, etc... Una vez que tu rival político adquiere la vitola de fascista, deja de verse como a una persona y queda justificado prácticamente cualquier acto en su contra. Da igual que haya parlamentarios negros y homosexuales dentro de VOX. Eso es irrelevante. Lo importante es ser dueños de la narrativa que inflige los calificativos a los enemigos.

Ése es el juego del populismo. El propio VOX también lo intenta, pero en absoluto posee la potencia de fuego ni la habilidad comunicativa de la izquierda, por lo que sus defensores poco más que parecen memes cuando intentan moverse por Twitter. Sencillamente no entienden el lenguaje de las redes sociales.

No me gusta lo que se está gestando delante nuestra. Y me temo que no acabará bien para buena parte de este país.

viernes, 10 de enero de 2020

Los cimientos del odio

En la época que nos ha tocado vivir, las libertades personales menguan a cada lustro transcurrido. Podemos echar la vista atrás y comprobar la cantidad de películas, libros, artículos o intervenciones en televisión de los 90 que hoy nos parecerían sencillamente imposibles de ver en los mass media. Uno no nace vacunado contra la pérdida de la libertad de expresión; te despojan de ella sin tirones, con suavidad y con paciencia japonesa. 

Desde luego las redes sociales han contribuido a ello, a pesar de las bondades que se le han adjudicado desde sus inicios. La viralización de un tuit o un vídeo en YouTube va acompañada el 90% de las veces de campañas de acoso y derribo al autor de los mismos. Un tuit que manifieste una opinión (dando por sentado que no insulta a nadie, sencillamente mostrando un punto de vista, aunque sea polémico) no se viraliza sin pagar el peaje de 50 o 60 personas insultando, menospreciando o ridiculizando al usuario que lo publicó. Y eso en el mejor de los casos. En el peor, existen usuarios que no se contentan con encasillar al autor, insultarle o amenazarle; persiguen que castigado en su vida real o vilipendiado lo máximo posible y, para ello, nada mejor que difundir sus datos personales acompañados por una buena foto y una campaña de acoso a su empresa o centro de trabajo.

La red social es un medio que favorece el encasillamiento rápido y sencillo de las personas: es un facha, un rojo, un franquista, un machirulo, una feminazi, un aliade, un fascista, un comunista, un nazi, un homófobo, un racista, un tránsfobo, etc... Todo el mundo se lleva su etiqueta a razón de un tuit en contra.  Nadie conoce a nadie y nadie quiere conocer a nadie. Es tal la ola de mensajes diferentes que sólo te detienes a leer aquellos que llamen la atención. Si no comulgan con tus ideas, bloqueas o silencias tras dejarle una respuesta en forma de etiqueta. Al final, se tiende a rodearse de gente que piense igual que tú y a ignorar o desplazar a aquellos que no comulgan con tu credo.

Como peones que funcionan a través de la acción-reacción, aprendemos con el tiempo que la autocensura es defensa profiláctica frente a la horda creciente de indeseables que pueblan las redes sociales. Para entrar en materia y dejarme de generalidades, mencionaré algunos ejemplos de los temas tabú más peliagudos para cualquier usuario:


                               

1-Violencia machista: es uno de los reyes del odio en internet. Paradójicamente a lo que debiera provocar, las noticias relacionadas con violencia machista consiguen una y otra vez las mismas discusiones encarnizadas entre dos bandos claramente diferenciados y que se odian a muerte. 

La secuencia es la siguiente: Se publica la denuncia de un caso de violación grupal a una chica y aparecen los primeros mensajes condenatorios (como nos dice la lógica). Son los típicos mensajes de apoyo a la víctima y de repudia a los autores. Hasta aquí, todo normal. Conforme pasan los minutos, algunos mensajes elevan el tono hasta que aparece alguno que generaliza sobre la figura del hombre. "Sois todos unos violadores" ,"Nos estáis matando" o "Hombre muerto, abono pa mi huerto". Tras esto, se suceden los comentarios de repulsa hacia los mensajes que criminalizan al hombre en general, incluyendo insultos hacia las feministas. Pasan los minutos y se filtra de algún modo que los autores de la violación son argelinos, con lo que nos cae encima una ola de mensajes enchidos de orgullo subrayando que los autores son inmigrantes y que es la izquierda la que reivindica el famoso "Welcome Refugees". En respuesta a esto, aparecen mensajes que tachan de racistas a aquellos usuarios que han escrito mensajes sobre la inmigración. En medio de toda esta locura, las feministas permanecen en silencio porque, al parecer, si el violador no es blanco y heterosexual, su lucha pierde fuerza. Los bloqueos entre un bando y otro se hacen notar. Al cabo de unas horas, el timeline de cada usuario se limpia de opiniones y usuarios no afines. 

2-Nacionalismo catalán e independentistas: otro de los grandes protagonistas del día a día. Es un tema que ha provocado que la mayoría de usuarios de Twitter independentistas lleven al lado de su nick el famoso lazo amarillo. En el otro bando podemos ver banderitas de España por doquier. Es una manera de no dar demasiada importancia al mensaje según quién lo escriba. Es decir, es una forma de agudizar aún más los prejuicios y las etiquetas por los que esta red es célebre. Porque, seamos sinceros, Twitter es una red social donde se habla de política, principalmente. En Instagram se dedican a otras cosas, como al culto al envase y a lo superficial, o a la creación de vidas paralelas imaginarias necesitadas de aprobación externa. 

En cuanto surge cualquier noticia de Cataluña, los constitucionalistas son franquistas y los indepes son comunistas. No hay más, es sencillo. La evidente diferencia ideológica que la izquierda ha tenido históricamente con el nacionalismo se solventa plegándose al mensaje de la opresión del estado y al rechazo a España, donde se sienten bastante cómodos por contraposición a los fachas, que llevan 80 años reclamando la rojigualda para ellos. 



3-Feminismo: Tercer gran cimiento del odio en Twitter y, sin duda, mi preferido. Pocas cosas son tan placenteras como ver a una lesbofeminista hablando de la heterosexualidad obligatoria y del mito del orgasmo coital. Un buen tuit preguntando a las mujeres "por qué siguen practicando el coito cuando está demostrado que su orgasmo es clitoriano y no vaginal" (@Annapratx dixit), siempre me alegra el día, lo reconozco. Las lesbofeministas son mis favoritas por muchos motivos, pero dos se llevan la palma: el lenguaje propio que utilizan y el método que tienen para despreciar a aquellas mujeres que no son de su cuerda. El lenguaje inclusivo tiene todo un mundo de posibilidades a la hora de ser analizado; baste decir que consideran a la RAE como parte de la apisonadora heteropatriarcal y por ello han decidido utilizar un dialecto paralelo para comunicarse entre sí. Es un dialecto de libre configuración que la mayoría de veces lleva a confusión, incluso entre ellas, pero que resulta maravilloso de leer si quieres reírte un rato. 

En cuanto a su estrategia para quitarse de encima a mujeres no adeptas es bien sencillo: utilizan la condescendencia y las invitan a deconstruirse, pues opinan bajo la influencia de la sociedad heteropatriarcal y sus dogmas históricos. De hecho, una lesbofeminista convencida te dirá que la heterosexualidad no es más que otra herramienta institucional del heteropatriarcado para atar a la mujer. Por lo que mantendrán su deseo de que todas las mujeres se deconstruyan y declaren su lesbianismo natural. Por cierto, se odian entre ellas. Me refiero a las lesbofeministas y a las feministas de cuarta ola. Las acusaciones de homofobia y transfobia en público son de lo mejor de Twitter. 

En fin, éstos son algunos de los temas que podemos encontrar cada día en la red y que provocan en mucha gente su rechazo a comentarlos por evitar una avalancha de imbéciles integrales que te amarguen el día. 

miércoles, 21 de agosto de 2019

El Open Arms y el negocio del transporte ilegal de personas

Las ONG's que trabajan en el Mediterráneo no patrullan el mar hasta encontrar pateras ni realizan rescates aleatorios de inmigrantes. La manera de proceder es navegar las costas de Libia, principalmente, esperando que un remolcador avise tras dejar una embarcación con los inmigrantes en alta mar. Cada uno de los inmigrantes paga una media de unos 5000 euros por una plaza en la patera y un remolcador que los transporte y avise al barco de la ONG. 

El barco de la ONG acude al punto de encuentro, recoge a los inmigrantes y pone rumbo a Europa. No se plantea dejarlos en el puerto seguro más cercano porque no se trata de un rescate marítimo, se trata de una transacción. No quiere decir que los inmigrantes paguen a la ONG; los inmigrantes pagan al tratante que organiza el viaje y la ONG recibe atención atención mediática, relevancia internacional y por tanto, subvenciones y donaciones para asegurar su sostenibilidad. 

Tras iniciar la recogida de los  inmigrantes, los trabajadores les procuran cuidados durante la travesía y el dueño de la embarcación, inicia las gestiones necesarias para su desembarco en Europa. Aquí entra en juego la maquinaría mediática, necesaria a todas luces para seguir en el juego. Si el foco de los mass media se coloca sobre su barco, la ONG logra un plus de poder frente a la resistencia del gobierno europeo de turno. Comienza la batalla por los minutos en prensa y por el posicionamiento en Twitter e Instagram. Cuanto más tráfico se genere, mayor será la probabilidad de doblegar al país de acogida. Lograr subir a bordo a una estrella del cine o a  un jugador de la NBA, sin duda aportará relevancia. El objetivo es viralizar el caso hasta que todo el mundo hable de él. 

El dueño de la ONG sabe perfectamente que el objetivo del desembarco en Europa le proporcionará prestigio humanitario frente a Occidente y fiabilidad frente al tratante, que continuará eligiendo sus servicios para llevar inmigrantes hasta las costas europeas. 

Si el gobierno decide ceder y acepta a los inmigrantes tras dos o tres semanas, la ONG habrá logrado su cometido y podrá volver al mar. Occidente habrá pasado quince o veinte días discutiendo sobre un centenar de inmigrantes e ignorando que en Julio de 2019, solo a través de Algeciras, llegaron más de 1900 personas a las costas españolas de manera ilegal. 

Todos los actores de esta situación reciben su parte: los mass media obtienen una buena historia y gran cantidad de tráfico narrando el relato del día a día del barco. La ONG recibe notoriedad internacional, lo que le proporciona ingresos provenientes de las donaciones. El tratante recibe el dinero de los inmigrantes y se gana una imagen de fiabilidad y capacidad para llevar con éxito gente a Europa de manera ilegal. 

Estas serían algunas de las consideraciones generales pero en el caso del Open Arms, habría que subrayar las consideraciones particulares. Mientras el barco se encontraba en aguas italianas, recibió el ofrecimiento del gobierno español para su desembarco en el puerto de Algeciras. Óscar Camps, el dueño de la ONG rechazó la propuesta alegando que los inmigrantes no estaban en condiciones de asumir cinco días más de viaje. Sin embargo, tampoco consideró la posibilidad de acudir a Túnez por ser un destino donde los derechos de los inmigrantes podrían ser violados. La ONG también rechazó Mallorca y Mahón en los últimos días. Si os preguntáis por qué, la respuesta puede estar en que el Open Arms tiene una multa pendiente de 900k euros en cuanto pise puerto español y una posible inmovilización, como ya le ocurrió en Barcelona durante más de 100 días, según Capitanía Marítima por "negarse a desembarcar inmigrantes en el puerto seguro más cercano". Éste es el negocio Óscar Camps, que también ha colocado a su empresa de socorrismo en un buen puñado de playas españolas, ganado concursos mediante abaratamiento de costes, jornadas maratonianas de los trabajadores, etc... 

Ésta es la realidad que los medios no cuentan, la que resulta tabú porque podría distorsionar el relato que han articulado y la que resulta políticamente incorrecta. Por eso nadie quiere oírla, porque resulta incómoda y no encaja con la corriente altruista que nos dicta el relato oficial. La gente no quiere oír nada de mafias ni tráfico de personas y mucho menos de trapos sucios o intereses económicos por parte de las ONG's. Quieren una historia de héroes que se dedican a salvar vidas por convencimiento filantrópico frente a la burocracia capitalista europea que gira la cabeza y cierra sus puertas a gente indefensa. 

No hay nada que hacer, creedme.

viernes, 12 de abril de 2019

Indepes y españoles

Hoy he visto un vídeo de Cayetana Álvarez de Toledo intentando acceder a la Universidad Autónoma de Barcelona mientras un grupo de estudiantes la increpaba. Uno de los colaboradores de la candidata del PP se ha girado hacia la muchedumbre y le ha dedicado un saludo nazi y unos cuantos cortes de mangas. Así están las cosas en Cataluña, cada día más polarizada entre los independentistas y los que se hacen llamar constitucionalistas —como si la apología del nazismo fuera constitucional—. No sé si Álvarez de Toledo comparte la misma línea de pensamiento moderado que su amigo el del saludo nazi, pero, en todo caso, tiene muy poco de criterio a la hora de rodearse de gente válida.



El incidente de la UAB sólo es una fotografía más de dos bandos que están en guerra en el escenario, mientras el público, que no deja de ser una abrumadora mayoría, observa impávido la escena desde sus butacas. Si la escalada de odio prosigue, el primer muerto no tardará en llegar y ése será el punto de no retorno. Muchos desean llegar a ese punto pero sólo algunos locos están dispuestos a dar ese paso. Cuando observo las manifestaciones independentistas, veo cantidades ingentes de jóvenes de primero de facultad que aún están en la edad de la "revolución, los medios de producción para el pueblo" y demás fanfarria que queda muy bien pregonar cuando vives los años universitarios pero que queda en nada cuando empiezas a vivir de forma independiente. Estos chicos son independentistas porque se ha relacionado de algún modo el independentismo con la izquierda, cuando los principales impulsores del nacionalismo catalán siempre han sido miembros de la burguesía catalana, los mismos que sacaban bajo palio a Franco por temor a perder la fabriqueta. Sin embargo, existe una especie de tregua entre esta masa aparentemente comunista y los pijos catalanes de Gracia, hijos y nietos de ricos y padres y abuelos de ricos. Sería curioso hacer política ficción e imaginar una República Catalana con un sistema comunista al estilo venezolano y los agentes de la República, que serían de ERC y de la CUP, paseando por los polígonos industriales para ceder todos los medios de producción a los charnegos que trabajan en ellos. Es decir, se lo quitarían a los catalanes de ocho apellidos para dárselo a los hijos de españolazos que vinieron de Extremadura y Andalucía. Dios mío, sólo por eso ya merecería la pena la independencia.

Por otro lado está la batalla de la imagen. Aquí los constitucionalistas lo tienen muy mal, no nos engañemos. La bandera española no es un símbolo demasiado cool y lleva muchos años cotizando a la baja. Por no hablar de los que ocultan su verdadera ideología, como el amigo de Cayetana, que no hacen más que perpetuar esta imagen de lo español como algo de fachas. Lo cierto es que es muy sencillo encontrar a verdaderos subnormales con fotos de la bandera española y el águila de San Juan o directamente con una esvástica en medio, por qué no.

Los indepes cuentan con la parte comunista, que siempre es un plus. De hecho, la estelada no es más que una reproducción de la bandera cubana con los colores de senyera. Pero, por contra, también cuentan con toda esta ristra de pijos insufribles que no pueden esconder su condición porque han sido educados en un ambiente de superioridad moral de tal calibre que les resulta imposible comportarse de otro modo. Esos trajes de 3000 euros, esas gafas de pasta roja de Armani, esos relojes de oro... son demasiados elementos distintivos a los que no se puede renunciar. Menos mal que el Buli cerró, porque en su día estos tíos no salían de allí.

En fin, no defiendo ni a unos ni a otros, todos me parecen la misma mierda.



viernes, 27 de abril de 2018

El Neo Feminismo

Tiempo ha que pretendía abrir el melón del neo feminismo imperante en occidente. Su propagación, rápida e incisiva, me preocupa en cierta medida aun comprendiendo que es acorde a los días que vivimos, donde las redes sociales reinan sin rival alguno en el campo de la comunicación instantánea. En no más de dos o tres años el neo feminismo ha impregnado y condicionado hasta el último rincón de la vida pública del individuo medio —entendiendo vida pública como aquellas situaciones donde uno se expresa en presencia de los demás, ya sea en persona o digitalmente—. Existe tal pavor a escribir un tuit que no caiga en gracia de las feministas, que no pasa un solo día sin que sienta vergüenza ajena al leer las gilipolleces monumentales que algunos lamebragas se dedican a publicar. Me refiero al llamado mansplaining, ese concepto anglosajón que mezcla el paternalismo con la condescendencia y en el que muchos eunucos mentales caen continuamente.

Aun así, en ocasiones compadezco a estos idiotas, porque la realidad es que ser el objetivo de una legión de misándricas rencorosas es muy jodido. Para empezar porque ellas poseen la verdad y tú, como hombre, debes callar y escuchar, que parece un mantra bordado de los que se colgaban en los colegios de monjas pero que, sin embargo, es uno de los principales lemas que esta gente utiliza en su guerra abierta contra el heteropatriarcado. Y sí, se suele hacer énfasis en el "hetero" porque en este movimiento ya no sólo se lucha por los derechos de las mujeres, sino que los heterosexuales también son tratados como sospechosos en potencia de ser opresores. Una tarde crucé algunos tuits con una chica que intentaba convencerme de que yo, por ser hombre, blanco y heterosexual, era un potencial opresor. La chica, que en todo momento se mostró educada, pretendía que aceptara esa soberana estupidez porque en el seno de su movimiento lo tienen tan interiorizado que creen a pies juntillas que los hombres debemos ser tratados como potenciales opresores por nuestros genes. Racismo puro, vaya. Por supuesto, esta chica, que rondaría los veinte años, se calificaba a sí misma como "Comunista, feminista y sobre todo, mujer". En fin, la descripción típica de una cría que cree en la revolución, que le encanta ir a manis y que intentó dejarse crecer pelos en los sobacos para ser más cool pero enseguida se arrepintió y volvió a pasarse la Silk-epil.



La verdad es que España es el quinto mejor país del mundo para nacer mujer, según el Georgetown Institute For Women, Peace and Security. Sólo Islandia, Noruega, Suiza y Eslovenia nos superan en igualdad. Es decir, vivimos en una sociedad envidiable donde desde 1980 está prohibido por ley que una mujer cobre menos que un hombre por desempeñar el mismo trabajo. Estos datos son, en su mayoría, desconocidos por el gran público al quedar escondidos tras la ingente cantidad de mierda que los medios vuelcan al día. Por alguna razón que no termino de comprender, existen intereses muy potentes en hacer creer a la población que viven sumidos en una sociedad troglodita de cerdos heterosexuales donde a las mujeres se las utiliza como meros juguetes del macho alfa y poco menos que se las lapida por la calle.

Los datos no llegan a la gente porque los datos no son interesantes. Son aburridos y, por encima de todo, no se corresponden con su línea de pensamiento. Por eso se utiliza una sentencia lamentable como la de los 9 años a los desgraciados de "la manada" como santo y seña de su argumentario. Es decir, el neo feminismo piensa que "España es un país machista"; por tanto, utilizan casos rimbombantes y con gran eco mediático para extrapolarlos al resto del país. Sin embargo, no se denuncian por igual todos los casos de violación que aparecen en prensa. Como ejemplo más reciente, citaré la detención de una banda de diez argelinos que violaron repetidamente a tres chicas en Alicante. Uno de ellos ofrecía drogas o alcohol a una de las chicas, la convencía para llevarla a su casa y allí esperaban el resto para consumar la encerrona. Pero cuando uno acude a Twitter, comprueba que la noticia no ha tenido la trascendencia ni el impacto que en su día causó el caso de "la manada", quizá porque para ciertos sectores moralistas, el interés no está en la denuncia de la violación ni en la pobre chica, sino más bien en aquellos extras que la hacen más redonda para su agenda política, como la figura del guardia civil y del soldado —lo que no quita que esta gentuza se merezca lo peor en la vida—.

Twitter es una pasarela de tontos del culo que asienten como lerdos a cada hostia que reciben. La moda de cargarse la ortografía y el sexo están convirtiendo a una sociedad mediterránea y alegre —como era ésta hasta hace unos años— en una caverna de puritanismo anglosajón dominado por los dueños de la corrección política y sus comisarios políticos, repartidos por doquier en las televisiones, radios, periódicos, podcast, webs, etc... La mayoría de ellos se dedica al manido arte del reparto de carnets de demócratas o de fachas. No necesitan mucho material para calificar a los individuos. Es un don. Con un simple avatar, un tuit o un nick, esta gente se cree capacitada para echar a los perros a cualquiera que se cruce en su camino. Mientras se llenan la boca con la libertad de expresión, se dedican a señalar con el dedo todo aquello que les molesta. Y, cuando la bola crece lo suficiente, se producen los linchamientos virtuales y las cacerías. No hay límites. Se publican datos personales, fotografías de todo tipo, información de su trabajo y familia, etc. En menos de 24 horas se logra destruir a una persona por completo.

Esto es Internet hoy día y esto es Twitter.





martes, 19 de septiembre de 2017

El Procés

En 1991 yo era un crío que no tenía ni idea de nada, pero recuerdo con nitidez la guerra de Bosnia. Los bombardeos en Sarajevo, la imagen del Carnicero de los Balcanes o las crónicas de Pérez-Reverte forman parte de los flashes de memoria cuando intento echar la mirada atrás. Si lo recuerdo es porque aquélla fue la primera guerra de la que tuve consciencia. La primera que sentí como real y la primera que me ofreció imágenes que me impactaron sobremanera. Os aseguro que a principios de los noventa no existían tantos remilgos a la hora de publicar en el telediario del mediodía la imagen de varios cadáveres calcinados y colgados de un puente; o de fosas comunes humeantes y repletas de pobres diablos. En el colegio hacíamos dibujos para los niños de Sarajevo y reuníamos comida para donarla a la ONG de turno. Hay quien traía una caja de galletas, otros un paquete de arroz o un cartón de leche. Daba igual. Todos los niños de mi generación sabíamos que en Sarajevo, los niños como nosotros, morían por los bombardeos o por rifles serbios. Conocíamos a Slobodan Milosevic con el sobrenombre del Carnicero de los Balcanes y su foto aparecía cada noche en televisión. De apariencia engañosa, este orondo adalid del mal, fue acusado por los tribunales internacionales de crímenes de lesa humanidad y de limpieza étnica. La desintegración de Yugoslavia trajo consigo tres guerras en un corto periodo de tiempo, la más cruenta la desarrollada en Bosnia, donde además de producirse matanzas como la de Ahmici, se producían violaciones en masa de mujeres bosníacas. Todo aquello fue demencial. Y en pleno corazón de la vieja Europa.

Durante algunos años creímos que Europa aprendería del error de los nacionalismos. Qué estupidez pensar que el hombre puede protegerse de sus errores. Si intentara cualquier analogía de lo pasado en los Balcanes con la situación que vive España hoy día, lo más seguro es que más de uno se llevase las manos a la cabeza o me tachase de majara. No voy a hacer ninguna analogía, pero sí señalaré los puntos que me preocupan de la posible sedición catalana. 





En primer lugar, me preocupa el aroma racista que puede apreciarse en cualquier hilo de Twitter donde se esté discutiendo del tema. Es decir, esta percepción de que el procés es un derecho fundamental de los catalanes. Los más horteras hablan de "legitimidad por nacimiento" y de "derechos históricos", refiriéndose a ellos mismos como parte de un ente que clama al cielo por su libertad, que está en juego por el poder del Estado opresor. Algunos indepes de Twitter suman y restan desesperados para dar con los deseados ocho apellidos catalanes. En fin, esto de la pureza de sangre es algo muy habitual dentro del mundo del nacionalismo, que siempre ha intentado demostrar bajo estándares de dudosa enjundia científica aquello que les hace genuinos y que les diferencia, a su vez, de la chusma a repudiar. Mientras los nazis hacían mediciones del cráneo y de la nariz de los judíos, los catalanes de la ANC (Assemblea Nacional Catalana) intentan rebuscar en el RH Negativo y otras majaderías que ya intentó Arzalluz en Euskadi. También es propio de este racismo velado el estigmatizar a aquel que no es buen catalán, como por ejemplo la mitad del Parlamento de Cataluña, según los estándares sectarios de la ANC. Es conveniente disponer de un par de adjetivos peyorativos que definan con absoluto desprecio al "mal catalán", que por mucho que haya nacido aquí "no es uno de los nuestros". En este caso, el botifler sería el judío de la Berlín de los años 30, un paria al que todo el mundo puede escupir y señalar con el dedo. El charnego, que es ese hijo de españoles nacido en Cataluña, puede ser útil si se une a la causa o puede acabar siendo lo que es, un español más. 

Mi segunda preocupación viene de preguntarme de dónde viene tanto odio. En Twitter se habla de represión del Estado, de marginalidad del catalán, etc... pero sobre todo se habla de fascismo. No porque se sepa de fascismo, desde luego. Sino porque lo habitual en Twitter es calificar las opiniones de aquellos que no apoyan el procés o el referéndum como fascistas. Tal que así. El otro calificativo es el ya manido facha o franquista, nada nuevo. Sin embargo, los entusiastas chavales de la futura mejor República de Europa, que insultan a todo el que dice algo en contra de su visión, suelen haber nacido hace poco menos de veinte años, coincidiendo con el traspaso de la competencia de Educación del Gobierno de España a las Autonomías: una jugada maestra perpetrada por el gobierno de Aznar y que sin duda fue clave para la situación que hoy vivimos. ¿Cómo es posible que exista una generación entera por debajo de los 22 años que odie con absoluta pasión a España y a los españoles? La respuesta es el adoctrinamiento que se ha llevado a cabo con esta generación, que ahora, domina la calle y tiene puesto en pie de guerra a un país de la UE. Bravo Aznar, bravo. Otro mini punto para tu gobierno. 

Y el tercer punto que me preocupa es Rajoy. Pero escribir sobre Rajoy me da verdadera pereza, así que sólo diré que no comprendo cómo es posible que un tipo que es Presidente del Gobierno se dedique a leer el Marca por las mañanas y a fumarse un puro mientras se cocina la sedición en sus narices.