martes, 11 de abril de 2017

El Odio en Redes Sociales

Las redes sociales han crecido los últimos años amantadas por el odio; se nutren de él. Ni siquiera hay que profundizar demasiado en ellas para darse cuenta de que son un pozo sin fondo de miseria moral. En concreto Twitter, que es el foro social más concurrido a diario para comentar la actualidad, desprende un tufo a ponzoña insoportable. En Silicon Valley lo saben, pero sería de estúpidos combatir aquello que te da de comer y, por tanto, se han escudado en la siempre socorrida libertad de expresión para lavarse las manos en este tema. Twitter es el patio de colegio donde dos críos se parten los morros en el recreo mientras una docena forman un corrillo y corean sus nombres. La diferencia es que en este colegio el director observa la escena desde su ventana, sonríe, y continúa contando su cash.

A mí, Twitter me fascina y me asquea a partes iguales. Me fascina el hecho de que cualquier evento o circunstancia que ocurra en el planeta y que tenga cierta relevancia, salte a la plataforma en cuestión en segundos. Y me asquea que, a los pocos minutos, ya haya un par de gilipollas quejándose. El tema a tratar es irrelevante. Lo importante es darle la visión más mezquina que se pueda para, acto seguido, poder compartirlo con el mundo. Ciento cuarenta caracteres le bastan a cualquier indigente intelectual para hacer daño a otras personas. Ni siquiera saber escribir constituye ningún filtro. Basta con hacerse entender.

Ejemplos hay miles, pero por recordar algunos de los más sangrantes, citaré el del niño con cáncer que quería ser torero y varios miserables, que se decían antitaurinos, le desearon la muerte por Twitter. El niño, finalmente ha fallecido esta semana y, durante unos días, sus padres tuvieron que verse vilipendiados por esta gentuza que no merece ni medio segundo de atención.

Todo esto me ha llevado en ocasiones a preguntarme qué coño pasa en el mundo occidental que justifique con cierta lógica todo este odio disparatado y cruel que se lanza contra cualquier cosa que se ponga por delante. Una de las respuestas que parecen más evidentes es que existen muchos más gilipollas de los que pensábamos a nuestro alrededor. Sin embargo, no parece ser ésa la principal causa. Es decir, para que alguien se convierta en un energúmeno debe existir todo un proceso social y psicológico de mina de la autoestima que lleve a estos individuos a un estado constante de ira y frustración y a una necesidad irrefrenable de intoxicar a sus semejantes.

Llevo mucho tiempo en Twitter y siempre he observado que los temas donde se generan bandos es donde se ve con mayor claridad esta escalada de odio profundo que desemboca en publicaciones y tuits de lo más demencial. Por supuesto, todos pensamos enseguida en la política, pero el odio entre ideologías es de sobra conocido y viene de muy lejos. Me interesan más otros temas más mundanos y que quizá os sorprenda saber que también generan un odio incomprensible entre tipos con intereses a priori semejantes. Por ejemplo, la industria de los videojuegos.




Algunos pensaréis que es de chalados pensar que una parte importante del ocio que consumen muchas personas, como son los videojuegos, y que suele asociarse a diversión y esparcimiento, genere odio. Pero la realidad es que la comunidad de los videojuegos es una de las más tóxicas que pululan por internet. La explicación procede de la identificación que muchos usuarios hacen con las marcas de los productos que consumen. Es decir, aquel que se compra una Play Station 4, tiende a defender su producto en contraposición a aquellos que han adquirido sistemas de juegos diferentes como Xbox o Nintendo. 

Es curioso ver en los foros, en Twitter o en YouTube, los cientos y cientos de comentarios que se generan tras cualquier noticia que afecte a una de las tres compañías. No son comentarios donde los usuarios hablen de los juegos y compartan las alegrías de su hobby favorito, en absoluto. El mayor tráfico de comentarios y reacciones está relacionado con una especie de guerra de consolas donde los usuarios de Play Station se ríen de los de Nintendo o los de Nintendo entran a rajar sobre noticias de Sony. Se llegan a generar volúmenes de visitas incomprensibles en vídeos de YouTube donde alguien critica de manera abierta a otras compañías. En este sentido, parece que existe una especie de necesidad en ciertas personas de defender su compra, sintiéndose gravemente ofendidos cuando otro usuario critica su producto.

Esto tiene connotaciones muy graves de baja autoestima y discutible personalidad, porque nadie debería ligar su honor personal al de un producto o una marca comercial, así como tampoco parece razonable odiar a otras marcas por ser competencia de la “suya”. Estas broncas no suceden de manera esporádica como alguien podría pensar. Lo preocupante es que a diario en los comentarios de YouTube se leen barbaridades de todo tipo y forma; incluidas amenazas de muerte hacia ciertos youtubers de uno u otro bando.

Es decir, cada día cualquiera puede comprobar de primera mano el triunfo absoluto y aplastante del marketing de las multinacionales, que han logrado generar millones de fans acérrimos a sus marcas, capaces de defenderlas con fiereza allá por donde pasan. Es una publicidad infiltrada en foros, en discusiones de Twitter y en cientos de videos de YouTube que hablan constantemente de las citadas marcas y de sus productos. Nadie parece darse cuenta de lo que ocurre, excepto los cerebros que hay detrás de las campañas publicitarias y los diseñadores de estrategias globales de marketing de Nintendo, Sony o Microsoft.

Tan sólo es un ejemplo de los bandos que se crean en la red y de los que surgen los llamados haters. Sospecho que en algún momento de nuestra reciente historia, Occidente generó una serie de problemas sociales relacionados con el consumismo enfermizo y con la dispersión de la imagen que proyecta la publicidad, en la que millones de personas fueron cayendo de manera gradual, asimilándolos como propios. 

El deseo de poseer aquello que no se posee. 

Una aliteración que encierra en sí misma poderosas consecuencias relacionadas con una autoestima minada por el bombardeo de anuncios y por la lluvia fina de mensajes que nos dicen lo estupendo que te hace este producto o el otro y lo feliz que serías si te compraras no sé qué. Nuestra sociedad occidental, basada en el mercado libre y salvaje, se ha dedicado durante décadas a provocar el deseo en la persona y a transformar a la persona en consumidor. 

Y el deseo no correspondido provoca insatisfacción, frustración e infelicidad, pilares fundamentales del odio que nos rodea. 

jueves, 30 de marzo de 2017

Un año de cárcel por reirse de Carrero Blanco en un tuit

Así es, amigos. La tuitera Cassandra Vera (@Kira_95) ha sido sentenciada por la Audiencia Nacional a un año de prisión por escribir 13 tuits sarcásticos y burlones sobre la muerte de Carrero Blanco.

Parece una broma de mal gusto, pero es absolutamente cierto. Aquello que tantas veces hemos hecho todos, es decir, bromear sobre el atentado de Carrero Blanco que elevó su coche por encima de una cornisa, ha llevado a una estudiante de historia de 21 años a la cárcel. Así está el panorama actual en la justicia de este país.

Tuits como los siguientes:

"ETA impulsó una política contra los coches oficiales combinada con un programa espacial" 
"Kissinger le regaló a Carrero Blanco un trozo de la luna, ETA le pagó el viaje a ella"
"Elecciones el día del aniversario del viaje espacial de Carrero Blanco. Interesante"

Y diez más del estilo. Se puede discutir si los mensajes son más o menos brillantes o si adolecen de mal gusto e incluso cierta amoralidad. Es posible que reírse de la víctima de un atentado no sea nada cortés ni elegante. También se puede opinar que Carrero Blanco es un personaje histórico que murió hace 44 años y que quizá el mofarse de su muerte queda fuera de la órbita de la humillación por motivos temporales. En realidad, todo es opinable. O eso creíamos.

Cassandra Vera @Kira_95


Según la Audiencia Nacional, escribir este tipo de tuits constituye "desprecio, deshonra, descrédito, burla y afrenta a personas que han sufrido el zarpazo del terrorismo y sus familiares" -perdonad la sintaxis tan atroz, pero es una cita textual de la sentencia- y por tanto, todo este pequeño apartado queda fuera de la libertad de expresión. A partir de ahora y según la jurisprudencia que establece este documento, quedará penado el hecho de hacer mofa sobre cualquier persona, independientemente del tiempo que haya pasado. Olvidad la sátira, el sarcasmo y la ironía. Olvidad a Quevedo, a Séneca, a Horario o a Lucilio. ¡Todos a la cárcel!

Por tanto, todos aquellos que alguna vez hayáis hecho chanza sobre el tiro que se pegó Hitler, sabed que estáis en riesgo de condena. De hecho, según la Audiencia Nacional, Quentin Tarantino en su cinta Malditos Bastardos cometió "burla y afrenta" sobre la muerte de Hitler y es muy posible que hiriera los sentimientos de sus descendientes o allegados -si es que los tuvo-. También se debiera investigar a los miles de españoles que bromearon en su día sobre Irene Villa en los patios de colegio mientras se comían su bocadillo de nocilla. Aquello fue deleznable, claro.

Es muy posible que yo mismo haya cometido delitos de esta índole; recuerdo algunos buenos chistes sobre Napoleón o Felipe II. Joder, seguro que el timeline de mi Twitter está plagado de pruebas delictivas que sumadas podrían mandarme a la cárcel una buena temporada. No puedo ir a la cárcel, coño. Soy una perita en dulce. Sería puta carnaza para los presos. Espero que me lleven donde Urdangarín. Creo que lo han mandado a Suiza a cumplir condena. No me gusta mucho el frío, pero bueno, definitivamente elegiré Suiza, sí.

Volviendo al tema principal, me pregunto si este asunto tan ridículo y tan jodido a la vez no será una puta advertencia generalizada para cerrar las bocas virtuales de los millones de personas que cada día rajan de los políticos a través de Twitter. ¡Digo yo!

Esta mierda no hay por dónde cogerla.




martes, 28 de marzo de 2017

Mass Effect: Andrómeda

Hablemos de la saga Mass Effect, una de las IP's más extraordinarias de la última década en el mundo de los videojuegos. Con motivo de la salida al mercado de Mass Effect: Andrómeda, se me ha ocurrido escribir unas líneas reflexivas sobre la industria.

La salida al mercado de este título ha venido acompañada de una gran polémica entorno a ciertos fallos muy claros de los que el juego adolece. Llevo unas treinta horas jugadas y he sido testigo directo de la veracidad de las acusaciones. Me explico:

Mass Effect: Andrómeda es un título de exploración espacial con mapas enormes; también es un simulador de decisiones en el que el jugador debe gestionar las relaciones de toda su tripulación y además, es un shotter de coberturas en tercera persona. Es decir, hablamos de un proyecto muy ambicioso por parte de BioWare y EA, que ha necesitado de cinco años de desarrollo y de un presupuesto millonario.



La historia transcurre 600 años después de los acontecimientos de Mass Effect 3, siendo nuestro protagonista parte del éxodo de la humanidad hacia una nueva galaxia, en este caso Andrómeda. Nuestro objetivo es encontrar un lugar donde asentarnos y comenzar de nuevo, para evitar nuestra propia extinción. Por tanto, como pioneros de la Iniciativa Andrómeda deberemos explorar los planetas candidatos a ser nuestro próximo hogar e iniciar la colonización en las mejores condiciones posibles.

El juego centra gran parte de su atención en el factor social, ocupando un buen porcentaje de nuestro tiempo en las miles de líneas de diálogo entre los diferentes personajes. En cada conversación, elegiremos entre una serie de respuestas, y en función a ellas, lograremos diversas reacciones por parte de nuestro interlocutor. En este sentido, no se aleja demasiado de los anteriores Mass Effect ni del Dragon Age: Inquisition.

Es en los momentos de acción o de exploración, cuando el juego desvela toda su problemática a nivel técnico. Mantiene 30 fps con serias dificultades, notando caídas evidentes en cuanto la pantalla se llena de elementos visuales. Pero sobre todo, Mass Effect: Andromeda posee un popping insufrible; me refiero a esa sensación de que las texturas se cargan a tu paso y los elementos aparecen en pantalla de repente y a pocos metros de nuestro personaje. También he tenido bugs de todo tipo, desde la congelación de la pantalla cuando controlamos el Nomad hasta NPC's flotando en el aire sin ningún puto sentido. Es sorprendente el poco mimo que denota el juego en estos aspectos, para ser un triple A muy esperado por público y crítica.



BioWare siempre ha sido un estudio que se ha caracterizado por darnos juegos de gran calidad y de sorprendente factura, como fueron los propios Mass Effect hace unos años. Sin embargo, desde su integración en EA las cosas parecen haber cambiado. Está claro que el juego necesitaba unos meses más de pulido y que algún publisher tocapelotas ha metido presión a los desarrolladores para que entregaran el juego estuviera como estuviera.

En este sentido, no imagino a ninguna productora de cine metiendo presión al director de una película para que entregue la cinta si ésta no está acabada y repasada del todo. Sin embargo, la industria del videojuego se está acostumbrando a colocar juegos en el mercado que adolecen de numerosos fallos a nivel técnico. Muchos estudios pequeños se han visto engullidos por grandes desarrolladoras como EA o Bethesda y están sufriendo las consecuencias de la presión excesiva y de las fechas de entrega anticipadas.

Existe una dicotomía clara entre el videojuego como pieza artística y el videojuego como mero producto de entretenimiento, y desde luego la segunda opción es la que parece que está prevaleciendo. No culpo a los creadores de Andrómeda, porque es evidente que por ellos no hubieran publicado el juego todavía, pero sí a los productores y a los publishers, que con su codicia manchan a la industria y la alejan del octavo arte.

viernes, 24 de marzo de 2017

Aquí, en Europa

Cuando un loco atropella a una treintena de personas en el centro de Londres o vacía un cargador de AK-47 en una sala de baile de París, nuestra sociedad occidental reacciona con tal desconcierto e inseguridad que uno se pregunta en manos de quién estamos. Es decir, es evidente que en Europa tenemos un nivel de vida descaradamente superior a la mayoría del globo, aunque nos empeñemos en quejarnos constantemente de las minucias absurdas que forman parte de nuestro día a día.

Aquí, en Europa, nadie muere de hambre y es muy extraño que te rajen el cuello para robarte el teléfono o que te claven un puñal en el pecho para quedarse con tu dinero. Tampoco aparecen grupos de enmascarados en nuestros hogares para decapitar a un familiar mientras nos obligan a observar la escena.

Aquí, en Europa, a las niñas pequeñas no se les realiza la ablación del clítoris ni se las casa con cualquier viejo a cambio de treinta cabezas de ganado. Tampoco existen carteles de la droga que dominen provincias enteras donde ni siquiera el ejército se atreva a entrar. No tenemos esclavos ni obligamos a nuestros niños a prostituirse en cualquier calle de Madrid, Milán o Berlín. No hacinamos a nuestros presos ni dejamos el control de las cárceles a merced de las bandas.

Aquí, en Europa, no tenemos a gobernantes que gasten todo el presupuesto en armamento nuclear ni que prohíban el uso de Internet a la población. En Europa no sacamos el agua de los pozos con nuestras propias manos ni mandamos a nuestros críos a recorrer varios kilómetros de caminos polvorientos para llegar a la escuela. No tenemos que utilizar el mismo calzado hasta que la suela se desgaste ni pasamos varias semanas sin darnos un baño. Aquí, en Europa, las mujeres no son violadas entre diecisiete energúmenos en un transporte público de Bombay. En Europa las mujeres no visten burkas ni son propiedad de sus maridos.

Una de las víctimas del puente de Westminster


Aquí, en Europa, vivimos en nuestra propia burbuja. Podemos elegir no querer saber nada de todo lo anterior o podemos elegir estar informados. Sin embargo, nunca llegaremos a comprender qué es el mundo real ni quién es el ser humano bajo la presión de la supervivencia. En Europa no conocemos el instinto que mueve al resto de las sociedades. Aquí, competimos entre nosotros para que nos contraten en un trabajo, nos den un premio o para ligar con una chica o con un chico. En el mundo real, que empieza en nuestra frontera este, a poco más de tres horas en avión, las personas compiten entre ellas por otro tipo de cosas. Compiten por un pedazo de tierra, por comer ese día o por imponer su fe a los demás. Y no compiten con currículos o con vídeo presentaciones, no; compiten utilizando la fuerza y el horror, de maneras tan atroces que ni siquiera podemos intuir la realidad.

En Europa no tenemos ni puta idea de lo que es la lucha por la supervivencia. Hace siglos, lo sabíamos, pero nuestra sociedad tecnológica ha sucumbido a su propia endogamia y ahora no lo sabe. Vivimos mirando una pantalla y pensamos en los suscriptores de YouTube, en las visitas de Instagram o en los seguidores de Twitter. Información al instante y todos contentos y felices... hasta que un pobre desgraciado que camina por el puente de Westminster en dirección al trabajo, escucha un griterío a lo lejos y antes de que pueda levantar la cabeza de su smartphone es arrollado hasta la muerte por un yihadista.

Es aquí, en estos pequeños momentos de caos y desconcierto, cuando los dos mundos se cruzan y es aquí, cuando nuestra sociedad toma consciencia por un sólo segundo de la burbuja en la que vive y de que existen horrores tan reales como el aire que respiramos. Pero tranquilos, esa sensación tan molesta de inseguridad se esfuma cuando el horror deja de ser trending topic.


jueves, 23 de febrero de 2017

Urdangarín: libre y sin fianza

En mi último post alertaba de la jugada que estaba preparando la justicia para librar de la cárcel a Iñaki Urdangarín. No ha hecho falta acudir al Tribunal Supremo. Los propios jueces de la Audiencia de Palma han dejado libre y sin fianza al yerno del emérito rey. Mi pregunta es: ¿Qué coño esperábamos? ¿Que lo metieran en la cárcel? ¿De verdad pensábamos verlo entrar en Soto del Real?

No es que la Justicia esté amañada, no. El problema de base es que todo el puto sistema es una farsa montada sobre la creencia absurda de que vivimos en una democracia. Todo es pompa y boato. Es un disfraz, una puta careta de colores que tapa al monstruo que hay detrás.

No es culpa de los jueces. Es culpa de que para que los jueces asciendan necesitan el aprobado de los políticos. Los políticos lo invaden todo e invadir el poder judicial trae consecuencias como la que nos ocupa. Cuando un sistema político mata de inicio los postulados de la separación de poderes de Montesquieu, está condenado a ser un estado fallido. Y eso es España, un estado fallido vestido de domingo.

"¿Es que te pensabas que iba a ir a la cárcel? Jeje" 


El sistema es sencillo y fácil de entender. Los políticos se reparten el Consejo General del Poder Judicial, órgano de gobierno de los jueces. El CGPJ asciende jueces, reparte puestos, dictamina sanciones y un largo etcétera de competencias que abarcan a toda la justicia. Por tanto, si uno quiere ser juez de renombre tendrá que obedecer las órdenes de los elegidos por los políticos. Como por ejemplo, los jueces que han soltado a Urdangarín. En un tiempo les veremos ascender como ascienden los globos sonda.

Por otro lado, el Fiscal General del Estado es elegido por el Gobierno directamente, sin ningún tipo de rubor. Éste, a su vez, reparte órdenes pormenorizadas al resto de fiscales para que las cumplan sin rechistar. Esta práctica explica que existan fiscales tan lamentables como el sr. Horrach, más preocupado por ser abogado de la Infanta que fiscal en un caso tan relevante.

El último pilar sobre el que se erige esta bazofia legal es la infrafinanciación de toda la Justicia y el debilitamiento de su poder. Colapsar a los jueces con miles de casos y enterrarlos en papeleo es la mejor opción para desmoralizar a cualquiera que quiera hacerse el héroe y para eternizar los procesos hasta la extenuación.

Por tanto, si controlas a los jueces, controlas a los fiscales y controlas la financiación, el resultado es la justicia a la carta que tenemos. En el caso Noos se decidió realizar todo un paripé con ánimos de calmar al pueblo llano durante un tiempo. Podrían haber dejado pasar el tema y desestimar la demanda desde un principio, pero se encontraron con dos problemas: el jaleo mediático y el juez Castro. La solución fue montar un juicio de postín y alargar el proceso para rebajar la furia colectiva. Al final han decidido no esconderse y, por algún motivo, una condena de seis años se ha resuelto con la puesta en libertad del sujeto condenado. Todos sabemos la razón.

Todos somos iguales ante la ley.

lunes, 20 de febrero de 2017

Un Cuento de Princesas

La Infanta ha sido absuelta, por supuesto. El final del culebrón del caso Noos no ha traído ninguna sorpresa. Todo este circo orquestado desde la Zarzuela y desde Moncloa tenía una planificación ardua pero segura.

Es decir, alguien se da cuenta de que el yerno del Rey está robando a manos llenas. Se le insta a dejar esas actividades pero el amigo Iñaki insiste en que su proyecto es absolutamente legal. Él se dedica a cobrar informes de veinte páginas extraídos del Rincón del Vago a precio de coltán utilizando la Corona como pretexto. Como no hay quién le baje del burro, se le empapela y salta la liebre.

¡Mierda! ¡Nos la ha liado este cabrón!. A partir de aquí, todos los periodistas se lanzan a escarbar hasta dar con la gran pepita de oro: la Infanta. Cristina de Borbón ha sido testigo directo del enriquecimiento de su marido a expensas del erario público y no sólo eso, sino que además ha participado en la trama mediante otra empresa fantasma llamada Aizon, a la que enviaba facturas de todo tipo cuando se suponía que era una organización sin ánimo de lucro. Durante un tiempo no dejan de aparecer correos y documentos firmados que la involucran de lleno. El nuevo Rey no tiene más remedio que alejarse de su hermana y su yerno y los echa a patadas de la Familia Real. Se le retiran todos los actos como Infanta y se le invita al exilio en Suiza. 

 "Me voy yendo para el palecete. Luego te veo"


A los pocos meses comienza la Instrucción del juicio. El juez resulta ser José Castro, un hombre honesto a pocos años de su jubilación, que no tiene ambición por el ascenso y que a priori, resulta incorruptible. Las altas esferas comienzan a preocuparse. Van a tener que ofrecer el real culo de la Infanta y aceptar su imputación. Aún así, se encuentran con un fiscal dispuesto a todo en pro de sacar a Cristina del lío en que se ha metido. Se lanza la teoría del desconocimiento y del amor ciego. El fiscal Horrach se empeña en suavizar la implicación de la Infanta e intenta hasta el último momento evitar la imputación. El clamor popular crece y la imputación se consuma. La justicia parece imponerse y aparece la esperanza dentro del vulgo. 

El juicio se mediatiza hasta la extenuación, con retransmisiones en directo y un seguimiento exhaustivo del mismo. Cristina de Borbón utiliza más de cien veces las expresiones "No sé" o "Lo desconozco". La acusación principal, formada por la abogada de Manos Limpias, se ve envuelta en un escándalo de extorsiones y amenazas por parte del sindicato hacia ciertas personas a cambio de no llevarlos ante la justicia. El CNI filtra todo tipo de datos a la prensa para desprestigiar a la acusación y embrutecer el ambiente. La absolución ya se menciona en ciertos círculos. 

Finalmente llegamos a la sentencia que, como era previsible, castiga con seis años de cárcel a Iñaki Urdangarín y absuelve a su esposa, Cristina de Borbón. Por supuesto, aún falta el último y más importante paso: el recurso al Tribunal Supremo. Jueces de nuestra cuerda que reducirán la condena de Iñaki hasta los dos años, librándose así de ir a la cárcel y cerrando el círculo de la deshonra. 


viernes, 17 de febrero de 2017

NioH: la senda del samurai

La mitología japonesa siempre ha estado envuelta en un aura de misterio y lejanía que infunde respeto y atracción a partes iguales entre los occidentales. Los espíritus malignos o yokai, son demonios de muy diversas formas y con diferentes niveles de maldad. Los japoneses les atribuyen influencia en los actos de las personas. El terrible Oni y su garrote de hierro contrasta con el juguetón Kappa, un humanoide con caparazón de tortuga y cara de rana que disfruta asustando a los humanos con los que se topa.

NioH, el nuevo proyecto de los chicos del Team Ninja, se desarrolla en un Japón feudal en guerra  y en el que los yokai han aparecido en el mundo de los humanos para sembrar el caos. Nuestro protagonista es William, un pirata que se verá envuelto en una aventura para recuperar el espíritu guardián que le ha sido arrebatado por un alquimista malvado, quien será nuestro principal enemigo.



William se verá obligado a convertirse en un verdadero samurai si quiere sobrevivir en el mundo hostil al que ha ido a parar. Humanos, demonios, ninjas y todo tipo de criaturas demoníacas serán los rivales que tendremos que ir salvando para alcanzar cada objetivo. Como samurais tendremos que especializarnos en dos de las armas que el juego nos ofrece: katanas, dobles katanas, lanzas, hachas y kurasigamas, un arma muy versátil compuesta por una hoz en un extremo y una cadena con un peso final en el otro.


El combate exige una alta concentración al jugador, tornándose frenético en ocasiones y muy duro si los enemigos nos superan en número. Nuestra barra de vida bajará de forma alarmante si recibimos un golpe sin estar en guardia. Sin embargo, la barra más importante con la que cuenta nuestro personaje es la que nos indica el ki, una especie de estamina que indica el gasto de cada una de nuestras técnicas de ataque. El juego se divide por misiones principales con cinemáticas intercaladas y misiones secundarias que nos servirán para aprender técnicas y adquirir nuevo equipamiento.
El contenido que ofrece NioH es singularmente amplio, con opciones de forja de armas y todo una serie de técnicas y movimientos diferentes para cada una de las armas.



El juego bebe del espíritu de la saga Souls, pero añadiendo su propia personalidad en el combate cuerpo a cuerpo. Es rápido, es ágil y es divertido. Tenemos tres posiciones de guardia: alta, media y baja. Con la guardia alta asestaremos golpes contundentes que agotarán nuestro ki enseguida pero que serán más lentos. La postura media nos permite una defensa y un ataque equilibrados y será por la que optaremos la mayor parte del tiempo. La postura baja permite golpear múltiples veces aunque con un daño menor. Cada tipo de arma tendrá movimientos diferentes según cada postura y además, los diferentes tipos de enemigos nos obligarán a utilizar una u otra dependiendo de la defensa que presenten.

Los sesenta frames por segundo que soporta la Play Station 4 contribuyen a una experiencia muy recomendable en su conjunto. El juego es exigente, sí, pero también es justo con el jugador. Los enemigos utilizarán las mismas armas que nosotros y además también cuentan con una barra de ki, algo que podremos utilizar en nuestro beneficio si les obligamos a gastarla por completo y a quedar exhaustos -y por tanto expuestos- durante los enfrentamientos. NioH entrega al jugador herramientas para que aprenda las artes samurais y las ponga en práctica desde el minuto uno. Aún así, lo cierto es que moriremos incontables veces ya que en NioH cualquier despiste se paga con la muerte.



Los jefes finales nos regalan enfrentamientos memorables que pueden ser de larga duración dependiendo del rival. Desde demonios enormes hasta vampiras mortales o gigantescos artrópodos, todos nos obligarán a estudiar sus patrones de ataque y a escudriñar sus puntos débiles para tener alguna posibilidad ante rivales a los que a priori parece imposible derrotar.

Es un juego para los gamers que se quejan de la dificultad actual en los videojuegos. En NioH encontrarán el desafío que poco a poco la industria ha ido olvidando y dejando de lado.